5.8.10

UN DIA A LA VEZ

En el piso de mi habitación el periódico dominical. En la foto de portada un grupo de jóvenes corren detrás de una urna de cristal. Parecen felices, toman fotos con sus celulares, sonríen. Que qué de ahuevo estuvo… que simón, que mirá las fotos… que sí que pasó cerca de nosotros… que sí, que esperamos mucho tiempo… que sí… que sí… que sí… que sí... Podrán contarles a sus nietos que alguna vez salieron en una portada. Yo en cambio tal vez cuente que este domingo veía una foto y eso fue lo más cerca que estuve de una sonrisa. En el piso de mi habitación junto al diario, unos libritos de poesía. Malditos poetas. Por la tarde me subí a la bicicleta que llevaba sin moverse varias semanas bajo la lluvia y el sol. Hace muchos años iba los sábados a la cárcel preventiva. Recuerdo a un secuestrador famoso escribiendo en un cuaderno escolar, acomodándose a cada momento sus lentes de lectura, sentado en un banquito de plástico. Tal vez escribía cartas, tal vez a sus hijos. Tal vez los extrañaba. La última vez que lo vi salió en las noticias. Un grupo de policías los perseguían. No, él no se rindió. Supongo que su enorme cuerpo gordo y rollizo lo traicionó. De todos modos nada perdía intentando escapar. Resoplaba en la transmisión de la televisión, sentado en el suelo, sin su banquito de plástico y sin sus lentes de lectura. Por alguna razón pienso en él mientras entro al cementerio. Fue de los pocos que lograron recapturar. Dentro del cementerio, en las calles cercanas al lugar donde se lleva a cabo un funeral hay unos buses rojos. Los rótulos que complementan los gritos de los ayudantes no están.Tampoco están ellos o sí pero no gritan. Hace su ronda de rutina una patrulla. Me quedo lejos de la gente pero lo suficientemente cerca para contar los cuarenta y un ladrillos que suben con el albañil y su ayudante en el mismo montacargas en el que unos segundos antes subía el ataúd. Los músicos dejan de tocar. Me doy cuenta entonces que ese silencio que he atestiguado no lo es. Es sólo que la música no dejaba escuchar ese cuchicheo de la gente que como yo observa. Si estuviera más cerca hubiera escuchado fuertemente ese llanto para el que no existe un adjetivo decente. Dos minutos más tarde el albañil termina de colocar los ladrillos. Tres minutos y sigo mi ruta a ninguna parte. Saco mi teléfono, quiero hablar con alguien. Cada vez que presiono la tecla bajo la palabra contactos aparece otra. Vacío

7 comentarios:

Aseret dijo...

Es increíblemente delicioso leerte, entre más te leo y te leo empiezo a temer que me volveré adicta a tus letras, me has adentrando tanto en tus historias, narraciones y en tu mismo ser.
Felicitaciones sabes lo que haces.
Un abrazo…

Luisa dijo...

Me gusta dar la vuelta por acá. Un abrazo.

Prado dijo...

este está genial.

Engler dijo...

:)! Gracias! Es agradable tenerlos por acá mis amigos!

Abrazos!

Fabrizio Rivera dijo...

como siempre, excelente narracion. te dejo un abrazo capo! gracias por el viaje por el cementerio.

Vania Vargas dijo...

Qué buen texto usted, saludos.

Engler dijo...

Fabrizio, Vania, Gracias! Saludos compañeros de viaje...

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