9.6.14

VIGILIA

Estaba dormido cuando se fue la luz. Mi sueño era demasiado leve pero a la vez pesado. Me levanté y salí de mi habitación porque escuché a la pequeña Elena en el corredor. Ella aún tiene esa edad en la que sus pasos son invisibles para mi único oído. Así que es el sonido de sus gemidos y de su risa lo que me sirve para saber que está cerca. Ella intentaba caminar. Afuera estaba aún más oscuro. Los rostros tenían una luz blanca en el contorno izquierdo, como una sombra de luz. El resto era literalmente negro. Me arrodillé y Elena caminó hacia mí. Me abrazó. Lo hizo tan fuerte que me sorprendió. Yo me levanté y nos quedamos unos minutos así mientras sentía la presión de sus pequeños brazos sobre mis hombros. Me desperté, había luz, escuché a Elena reír a carcajadas en la habitación contigua. Intenté volver a dormir. Pero entonces esa escena que siempre imagino, donde la otra Elena se arrodilla frente a mí, me volvió a paralizar.

5.6.14

Pre - Réquiem



"Desperté con un preservativo en el ano". Realmente no dijo preservativo ni dijo ano. A veces la palabra "lumpen" es demasiado elegante.

Me da ternura cuando alguien sentencia: “Yo era grueso vos”. Y pienso en él muriendo en una cama del hospital más triste del mundo.

Sus subidas y bajadas por la vida fueron perpendiculares a lo aburrido que resulta vivir en esta ciudad. Daba verdaderos saltos al vacío.

Ni poses ni pretensiones. Vivía el día como debía y la noche como se le daba la gana. Así hasta que estalló en el más grande de los vacíos.

Vendía muebles y había semanas que ganaba quince mil quetzales solo de comisiones. Perdió ese trabajo por robar Q50 de la caja registradora.

Su “problema” era ese. Sus vicios y su poca voluntad de superarlos, diría cualquiera de nosotros desde nuestra butaca cómoda y aburrida.

Después de todo, ese entramado de normas de convivencia social son para que nos sentemos a ver pasar la vida mientras llegamos a viejos.

 “Yo era grueso vos…” Nunca escuché que dijera algo como eso. Se limitaba a contar sus historias mientras se carcajeaba como un dios pagano.

La última vez que lo vi trabajaba en una venta de artículos deportivos. Me vendió una pantaloneta con la que a veces corro por las mañanas.

Me habló de las características de la pantaloneta como si fuera un bloguero especializado en temas de ejercicios.

En una venta por teléfono hubiera imaginado a un tipo con pectorales como los de un instructor de gimnasio. Esos de sonrisa perfecta.

Pero no. Él tiene sida, un pulmón y el hígado colapsado. Aún tiene una semana de vida, dijeron los médicos. Pidió ir a casa.

Nació, creció y vivió en una cantina propiedad de su madre. Creció, vivió y morirá yendo del centro a las periferias de una ciudad indolente.

Además de las caídas perpendiculares, de las drogas más innombrables, la violencia era tan parte de él como sus carcajadas delirantes.

Si me preguntaran de qué se trata vivir intensamente, contaría la historia del preservativo. Lo demás es un  “emocionante” parque de diversiones.

Algunos ni siquiera llegamos a eso. Supongo que también somos de los que damos ternura. Bueno, también otras cosas, pero dejémoslo en eso.

Sé que no morirá en paz. Eso sería traición y la vida es demasiado fiel. Por suerte, la muerte siempre es y será el mejor de los alivios.

Ojalá llegue pronto.

27.2.14

Llaman a un José. No es él. El José al que llaman está tranquilo, no se lo nota ansioso y está un poco ajeno al ambiente de la sala de espera. José lo ve porque se llama como él. Varios minutos después el José que sale es otro. Está nervioso, le tiemblan las manos y busca una silla para sentarse. Su rostro ha cambiado por completo... José se imagina lo que le dijeron mientras espera su turno para ser examinado en el hospital. Le detectaron un tumor en la tiroides. Aún no sabe los resultados definitivos. Y aquí sí, los caminos son únicamente dos. Por ahora… bueno, por ahora me describe esa postal. Sigue esperando su turno.

20.12.13

VOLVIÓ A LLEGAR LA NAVIDAD

Ella sabe cuántos han muerto en el hospital durante este año. Tiene los datos por día, semana o por mes. De día o de noche. Menos mientras duerme, que de esos no se entera, dice. Sus hijos la abandonaron hace seis años. De eso, también lleva la cuenta. Cada día son muertos, cada segundo es una palada de tierra sobre esa tumba que llamamos olvido.

Ella aún respira. Al principio nadie le creía. Es normal. Vamos, una vieja desahuciada y cadavérica. Y las historias que cuentan los viejos, y algunos otros, son difíciles de creer porque casi siempre se cuentan desde la nostalgia y el suspiro. Y estos ya no son días para los nostálgicos. No, ya no. Es que cuando recuperó la cordura empezó a contar que tenía propiedades, terrenos y casas en algún lugar del interior del país. También algún dinerito en el banco del que ya no recordaba la cantidad exacta.

Pero fue insistir e insistir. Lo mismo que uno debe hacer con la nostalgia, pero para que se vaya al carajo. Por fin, alguien creyó en sus palabras. Eso es un decir cuando se trata de lo que uno cuenta. Pero no de lo que dicen los papeles. Esos son irrefutables, como los muertos de sus estadísticas.

Con las cosas claras y con más o menos la cordura en su lugar, decidió grabar un video, por aquello de que sus hijos, además de desalmados, es decir humanos, también resultaran incrédulos. Sí, humanos. En el video se le ve firmando los papeles que el abogado del hospital preparó. Básicamente, que cuando finalmente muera, pues todo lo que tiene, será para el hospital.

Para que quienes tengan que morir, lo hagan bien. Eso dice ella. No sé a qué se refiere cuando dice eso. Tal vez sea una especie de clave ilegible por la que se entienden los enfermos terminales. Los que saben que la muerte acecha y para quienes aquello de que todo es ganancia, no es simple retórica.

De los hijos se sabe que siguieron con su vida. No vale la pena detenerse en ellos. Para qué, uno podría asustarse con el reflejo. Construyeron, eso sí. En el aire, eso sí. Pero no lo saben. Aún no lo saben. Se ha asegurado de que cuando muera, finalmente sientan algo por ella. Una especie de venganza. Me gustaría verles las caras, dice.

Ella anota en una libreta cuántos mueren a diario en el hospital, pero no los llora. Cuando los familiares llegan y se sientan en las paupérrimas bancas a sentir el peso del universo intentando asimilar la noticia ya consumada, ella se les acerca. Es mejor así, les dice. Es mejor así, les repite, es mejor así, los consuela. Es mejor así. Ella está convencida.

Pero todo tiene un objetivo ulterior. Le interesan las monedas que pide al final. La gente se las da. Eso a pesar de que su franqueza les molesta. Tal vez le dan las monedas para que se aleje o porque en el fondo también saben que, en esas condiciones, la muerte siempre es lo mejor. Ella no necesita las monedas pero quiere conocer el zoológico.

Dice que su mejor día desde que ha estado en el hospital, fue cuando se escapó de una ambulancia y se subió a esos buses verdes para ir a comer frutas al parque central. Es muy grande, dice. Eso para ella que apenas lo ha visto. Regresó agonizando. Esta enfermedad no perdona esas cosas, pero no le importa. Lo volvería a hacer, dice. Por eso junta monedas, aunque no las necesita. Cuando ya no hay nada, uno termina por aferrarse a cualquier cosa.

Ella cuenta muertos por los que no llora. Pero sí llora para la navidad. Días en los que la nostalgia y todas las dudas existenciales y ridículas se acumulan. A ella, los reproches y las jugarretas de la vida. Desde esa perspectiva es posible entenderla. Pero es evidente que pocos tienen la capacidad de entender la magnitud de sus preguntas. Y menos, lo desolador de sus respuestas. Su llanto, sus hijos y sus reproches, le alcanzan para esa semana. Llegado el año nuevo, solo le queda una. Esa con la que cuenta los días esperando que nunca vuelva a llegar la navidad.

18.10.13

PASTEL

para ellos dos, los que aún están


Yo viví acá. Aquí estuvo eso que llamé hogar durante poco más de cuatro años. Exceptuando los años de mi niñez, de los cuales pasé siete u ocho en el mismo lugar, nunca he vivido más allá de los cinco en el mismo sitio. He sido un nómada dentro de los límites imaginarios de este país.
El color ocre de la casa construida de ladrillos se identifica con facilidad al entrar al largo callejón. Una casa bastante grande, con un enorme jardín en el patio trasero que se puede apreciar y disfrutar desde las grandes ventanas arqueadas de las tranquilas habitaciones.
Yo me encerraba en el estudio. Uno de los pocos ambientes cuya ventana no tiene vista al enorme jardín. Había unas libreras del tamaño de la pared, es decir, pequeñas. La mayoría de los libros eran textos didácticos, diccionarios enciclopédicos, atlas y cosas por el estilo. Uno que otro de poesía, “Carazamba” y similares. La librera me interesaba poco.
También había un escritorio y dos archivos metálicos. Ambos de color gris. El escritorio tenía los frentes de la gaveta de color azul y un top de melamina. Era evidente que ya llevaba muchos años de uso. Ese escritorio estaba lleno de documentos legales, escrituras, traspasos. Algunos en original, otros tantos con anotaciones y muchos con sellos notariales en los márgenes. Y dos actas de defunción.

Yo no las buscaba. Realmente no recuerdo qué era lo que buscaba. Y es seguro que no lo recuerdo porque nunca he logrado determinar con claridad qué es eso que me mueve.
Las actas más bien eran unos formularios completados en una máquina de escribir. Nada extraordinario. La mañana que los descubrí y que los leí, me quedé por horas con esos papeles frente a mis ojos. Era la primera vez que los veía. Y terminó siendo la única. Los volteaba, los volvía a leer, hice cuentas de los años pasados, relacioné las fechas. Mi hermano mayor cumple años por esos días, pensé, y por las otras se celebra la revolución. Por lo menos eso pude determinar.

Hubo un lapso de cinco meses casi exactos entre uno y otro evento. Nadie dura tan poco. Pero estoy seguro que para él, esos meses fueron demasiado largos. Su alcoholismo jamás fue gratuito. Las cosas que tienen la relatividad y no saber a ciencia cierta qué es lo que acontece en esos otros infiernos. Parecieran obvios, pero la verdad es que son invisibles.
Ahora que recuerdo, también reparo en que esos nombres solo los había leído en mi antiguo documento de identidad, amarillento y difuso. Palabras y nombres exactos señalando mis fantasmas. Por fortuna, del nuevo documento se han eliminado esos datos. No tiene sentido tener esas palabras tan a mano y tener la posibilidad de leerlos a cada rato.

El escritorio y los archivos, con todo su contenido fueron reubicados y reordenados. En el estudio siguen los mismos libros. Nunca más volví a encontrar esos documentos. Olvidé las fechas que señalaban pero no las relaciones que me provocaron. Esas, mientras sigamos celebrando el cumpleaños de mi hermano, las tendré clarísimas. Estuvo rico el pastel.

18.1.13

POLVO

Días como hoy que ya pasaron. Yo tenía que marchar al paso del repique necio de tambores. Estrenaba pantalón y zapatos que irremediablemente terminaban empolvados. Un polvo que se les quitaba fácil, esa gracia que tienen los zapatos y las cosas nuevas. Después iba a caminar por las champas que se apoderaban de esas calles polvorientas. Era el Día de la Cruz y eso era sinónimo de feria en ese pueblo.

Regresé. Siempre se debe regresar. A veces es mejor hacerlo físicamente porque entonces uno se desengaña. Y el espejismo deja de perseguirlo. O tal vez sea porque prefiero la melancolía a la nostalgia. Una mera cuestión de gustos. Las calles ya han perdido el polvo que ha quedado sepultado bajo centímetros de concreto y asfalto. Pero aún hay bruma, la puedo ver sin esforzarme tanto. La puedo respirar, porque cuando se regresa, eso es lo único que se respira.

Algunas casas se han ido alargando en dirección al cielo azul. Me gustaría ver desde alguno de esos tejados, las minúsculas paredes de adobe convirtiéndose en polvo sin que apenas se les note. A diferencia de una pared de block y concreto, que cual leproso va perdiendo las capas de pintura que en algún momento escondieron su color verdadero. Una pared así, leprosa y gris, nunca es digna. En cambio volverse polvo sí. 

De esos días como hoy que ya pasaron, recuerdo uno en particular. Yo revoloteaba alrededor de las mesas de futillo. Casi nunca tenía dinero, así que me conformaba con ver jugar a los que sí lo hacían. Pero me divertí mucho. Una chica me regaló unas monedas. Fui feliz y jugué toda la tarde. Supongo que perdí, aunque eso a cierta edad importa muy poco, una edad que se consume demasiado pronto.

A esa chica dadivosa siempre la veía caminar de manera altiva por el pueblo. Tenía un brillo particular en la mirada. Tristeza tal vez. Se paseaba por esas polvorientas calles con un dejo de “yo hago lo que se me da la gana”. Aún era adolescente, tal vez me doblaba la edad. Recuerdo el día que murió.

Decidió tomarse unos cuantos tragos de los químicos que su padre usaba para fumigar sus sembradíos. Ese fue el rumor que se levantó en el pueblo. Como uno de esos remolinos que se te meten en los ojos y te hacen llorar. Yo digo que bebió demasiada tristeza. Y así, así no se puede vivir. Recuerdo la moña negra en el portal de esa casa. La vi durante mucho tiempo. Esa calle era parte de mi ruta diaria. Lentamente se fue decolorando y la quitaron. Yo me fui.

Pasé de nuevo frente a la que era su casa. Ahora es de varios niveles. Vi un carro de modelo reciente salir del enorme parqueo. Logré ver otros vehículos adentro. Cualquiera diría que a esa familia le ha ido bien, aunque eso nunca se sabe. También fui a las calles que siguen llenándose con las mismas champas. Las mesas de futillo estaban vacías. Ningún niño revoloteaba. Ninguno. Ya no hay nada. Ya es hora de irse. Sí, no me gustan ni el polvo ni la nostalgia.