29.8.16

Un lugar para bailar toda la noche

El Noa Noa yo lo conocí. Recuerdo que estaba en El Guarda o aún lo está. O tal vez era por la Aguilar Batres. Ya no recuerdo bien. Puede que ya ni exista aunque tal vez sí. Después de todo esos lugares siempre serán los mismos, aunque cambien de nombre y en las ventanas clausuradas anuncien con una lona vinílica que hay nueva administración. Y sí, en el Noa Noa las mujeres bailaban toda la noche, pero eso profundo en sus ojos nunca fue felicidad. No vale la pena, decía. Ojalá sí, decían ellas mientras las luces neón se apagaban y quedaba una tenue luz como fondo del primer chiflido que les debía llegar como rayo negro al corazón... O aún. Aunque tal vez esas mujeres ya sean otras.

La novena avenida de una noche lluviosa

27.8.16


29.7.15

INTENTAR GANARLE A UN MURO

El día que mi madre murió, mi hermano mayor nos leía el Quijote. Mi padre había dicho que leyéramos. Y además nos dijo qué: debía ser la biblia. La lectura del día. Cuando volvió a casa y nos llamó al patio para darnos la noticia, preguntó si habíamos leído lo que nos dijo.

Debió haber un silencio enorme y paralizador porque no imagino a mi hermano mayor tratando de asimilar la noticia mientas contestaba que nos habíamos decantado por un libro de aventuras. Nos culpó, dice mi hermano. Por no rezar por su mamá, ahora está muerta. Dice que eso nos dijo.

Veo esa imagen desde una esquina del patio de esa casa. Nosotros cuatro estábamos justo enfrente de la ventana de la cocina. La casa tenía un patio al frente, una champa de madera y lámina con un cuarto de block un poco atrás. También tenía un patio trasero donde creía un limonar y un aguacatal. O eso recuerdo.

Esa mañana los cuatro estábamos en el patio trasero. De pronto mi padre se fue. Llegaron noticias sobre mi madre. Sufrió un colapso en la escuela a donde había ido a recoger notas, Ellos tres limpiaban la maleza y yo supongo que lloraba. O tal vez jugaba con mis manos y el polvo de la tierra. Con el pasar de los años, el polvo de aquellos días se convierte en la pólvora que enciende la mecha de mi memoria.

También veo esa imagen desde una esquina. O también la imagino. Ya ni sé. Apenas recuerdo y por eso imagino tanto. Los enormes vacíos de mis primeras memorias las he ido rellenando con ansiedades, tristezas volutas y cielos azules. Casi todos mis recuerdos son así. Y los he recreado infinitas veces e infinitas veces termino en la misma postal.

Mi padre siempre queda de espaldas. Nunca he podido verme viéndolo a los ojos. Yo no sé si aquel día lloraba. No sé si, ese día o cualquier otro, había tristeza en sus ojos. Y la espalda de mi padre tampoco me deja verme, ni tampoco ver con claridad a mis hermanos. Giro las imágenes una y mil veces. Viajes virtuales de 360 grados. Y nada. Nunca los ojos de mi padre. Nunca los de mis hermanos. Nunca los míos.

La espalda de mi padre es un muro. Mi padre es un muro. Mi muro. Él también ya está muerto. Si lo recuerdo es por mí y por mis hermanos. Por verlos a los ojos. A veces cuando leo pienso en eso. Y cuando veo a mis hermanos leyendo con tanta devoción me gustaría pararme en alguna de sus esquinas internas. E intentar verlos desde ahí.

Tampoco he podido, pero al menos sé que nuestras ganas de leer, y de vivir por sobre todas las cosas, no se estrellaron ni se fueron nunca con él. Te ganamos, padre. Aunque a veces lo hagás vos y yo entristezca de súbito y termine aquí escribiendo de esto. Pero sabelo: te ganamos, padre. Te ganamos día a día.

26.6.15

"...que sepas que el final no empieza hoy"


(Textos escritos entre noviembre del 2013 y agosto del 2014)

CONOCER A SABINA EN EL ELEVADOR DE UN HOSPITAL 

Escuché el concierto de Joaquín Sabina parado bajo una palmera que estaba sembrada en una maceta de concreto. Entramos tarde y el lugar que indicaban nuestros boletos ya estaban ocupados. Era imposible siquiera acercarnos al área por la que pagamos. En teoría estaríamos enprimera fila del área de sillas. Un lugar privilegiado. Fuimos de los primeros en comprar los boletos y nos aseguramos de eso. Pero no era el momento para ponerse a vociferar. Buscamos una ubicación. Encontramos bajo la palmera el que nos pareció mejor.

Betsy tenía la cabeza pegada a mi pierna, la abrazaba. Yo pasaba mis dedos sobre su mejilla. Cuando tarareaba las canciones, podía sentir las vibraciones de su voz. No sé si ella podía sentir las mías. Por la calzada pasaban los carros y pasó una ambulancia a sirena abierta. Los vendedores callejeros, a instancia de uno de mis hermanos, trataban de pasar una taconuda por la malla. Ellos se habían acercado a ofrecer nailons cuando empezó la llovizna. La escena me hizo pensar en eso de que no hay peor lucha que la que no se hace. Al final lo lograron.

En eso pensaba, en la ciudad y su cielo gris de noviembre. En la ciudad y su permanente ruido de sirenas. En la ciudad y sus necios sobrevivientes. En la ciudad y sus aprovechados mercaderes que organizan espectáculos deplorables con la carcajada hedionda detrás de bambalinas. Pensaba en lo que supone escuchar a un cantante que representa lo mejor de eso que llaman “canción urbana” en el parqueo de un centro comercial.

Juan Ángel, mi otro hermano, estaba eufórico. Pensé en Mildred, su pareja, la razón más poderosa para ir al concierto era ella. Se asomó a mi cabeza cuando pensé lo de que no hay peor lucha que la que no se hace. La recordé contándome la historia del día que conoció a Sabina.

Coincidieron en un hospital. Ella había comido nieve que logró retener con las manos cuando abrió la ventana. Fue así como también conoció Madrid. Estuvo en coma y recién despertaba cuando coincidió con Sabina en el elevador. Dice que se vieron. Sabina es un amargado, diría después. Ella había conocido la música de Sabina por mi hermano. Él es uno de esos fans que en los conciertos“cantan” sin culpa alguna, de esos que pueden ser molestos porque “interrumpen”, pero sospecho que es porque les tenemos envidia.

También recordaba la mañana que Juan Ángel me contó de la enfermedad de Mildred. Era la mañana de navidad de hace ya seis años. Había un arbolito melancólico que el día anterior no estaba. Básicamente dijo que el asunto era mortal, que pronto, todo terminaría.Y parafraseó aquello de que el novio con un frac pasado de moda, enviudó ante al altar…

EL HEROÍSMO Y EL ANONIMATO SON COTIDIANOS

Seis años después ella sigue con nosotros. Pero no pudo ir al concierto. Se puso muy grave. Su cuerpo casi sin posibilidades naturales de defensa ya no resiste mayor ofensa de la vida. Pero sí su espíritu. Recuerdo la mañana siguiente de la navidad esa. Íbamos al trabajo en el carro de mi hermano. Yo tontamente le pregunté que por qué iba todavía. No voy a dejar de hacerlo hasta el último día, además, necesito el dinero, me contestó. Aún trabajó un mes más. Y entonces empezó a caminar por una larga y dolorosísima ruta llena de jeringas, vómitos y convulsiones.

Ella fue a Madrid por un tratamiento experimental que hiciera que el inmenso dolor acumulado durante esos cinco años valiera la pena. Todo ese tiempo ella puso el dolor mientras veía cómo asomaba una lengua burlona colgando de unos labios salivosos y hambrientos dispuestos a devorar su enorme fuerza vital. Pero resistió y no le dio gusto. A veces dice eso y yo pienso que el heroísmo dejaría de ser cotidiano si este fuera otro país. Aunque eso no aliviaría el dolor, pero sí lo haría más llevadero. Mi hermano también ha resistido esos golpes a su lado y siempre asiente en absoluto silencio.Yo he sido un espectador privilegiado. La butaca silenciosa de primera fila me pertenece y nadie ha venido a quitármela. Pero no es tan así. Quizás mi privilegio se reduce a que yo puedo contar esta historia.

La idea era venir al concierto con ella y cantar juntos. Pero así va la vida, decía mi hermano cuando salíamos y yo hacía un breve repaso por las cosas que no me gustaron del espectáculo. Como entramos tarde ya no pudimos escuchar la canción que mi hermano había prometido grabar para ella. Con esa canción inició el concierto.Se llevó las manos a la cabeza, resopló y escuchó mi primer recuento de decepciones como quien escucha pasar los aviones. Fue hasta la salida que dijo eso de que así va la vida. Y no, no es que sea un conformista, pero del concierto le importaba algo más.

Después de la escena del elevador, Mildred le preguntó a su doctora para asegurarse de que era Sabina. Ella también había atendido a Sabina durante una crisis severa de salud de la que salió con la voz más cansada. Desde entonces todos los años en las fechas cercanas a su cumpleaños llega a ese hospital. Se hace un chequeo médico, deja un donativo y se va.

Este año Mildred estaba ahí. Dice que gracias al coma provocado por comerse la nieve de Madrid estaba en ese elevador. Sin nieve, o sin coma, ya hubiese estado de vuelta en este país. También nos dijo que pensó en dejarle una carta. No sabemos si finalmente lo hizo, no ha querido decirnos. Lo que sí cuenta es lo que pensó luego de asegurarse de que era Sabina. Él no sabe quién soy yo, pero tampoco sabe que canto el Tiramisú de Limón. Y sonríe.

SER EL CENTRO DEL MUNDO

Hay tantas historias, algunas francamente increíbles, que contar alrededor de esto. Cada persona involucrada ha ido tejiendo su propia vida a partir de la de Mildred. Sobre todos los médicos. O eso creemos. A veces el ego y sentirse el ombligo del mundo pueden ser buenas terapias para resistir.
En todo caso no culpo a los incrédulos. Yo sería uno de ellos. Pero esto es tan real como un concierto mediocre en mitad del parqueo de un centro comercial O siendo menos banales, como un hospital público y paupérrimo en este lugar. Ojalá y éste estuviera en mi país, dice Mildred que pensaba cuando estaba en Madrid. Así nadie caería fulminado desde sucias sillas plásticas durante alguna sesión de ardiente quimioterapia.

La vida también se aprende desde historias como esas que veía, escuchaba y recordaba parado bajo una palmera en un centro comercial. Vaya cuadro. Vaya concierto, tan malo y tan lleno de ausencias y una pertinaz llovizna. Lleno de sirenas autómatas a los que ya casi nadie pone atención. Lleno de voces de necios y oportunos vendedores. Lleno de tantas imágenes como la vida y esta ciudad pueden proporcionar.

A cada poco pienso en cómo termina aquella canción que Mildred dice que canta aunque nunca la he escuchado hacerlo: “…que sepas que el final no empieza hoy”. Esa canción que no escuchamos en el concierto pero que imagino en su voz. Después de todo, aún existe la posibilidad de alguna vez escucharla cantar y quedarme sumido, ahí al lado suyo, atestiguando en el más absoluto y perplejo silencio, cómo es que la vida siempre se impone.

O por lo menos siempre debería ser así. Pero muy pocos pueden ser el centro del mundo en este país. A veces contar con la “fortuna” de tener un cáncer raro puede ayudar. O también eso de nacer en el lugar correcto. Esa bendita frase que de tanto repetirse ya se ha vuelto cliché. Y así la vida muy pocas veces podrá.

EPILOGO. O MÁS BIEN, UN POSDATA

(FOTO DE CUADRO)

Una noche ellos llegaron a casa con este cuadro. Se habían juntado con AlejandroMarré quien fue el que usó la entrada de Mildred para el concierto. El trueque era bien sencillo: una entrada por un cuadro de “arte contemporáneo outsider”. Eso escribió Marré en su muro de Facebook. Después del concierto, le mandé algo bastante parecido a este texto. Ocho meses después él ya había retratado a Mildred. A día de hoy, ella sigue luchando. El arte también puede, y yo creo que principalmente, debe ser sanador. O por lo menos intentar atestiguar y acompañar.