24.3.11

CALOR Y HAMBRE

Después de una mañana intentando escribir algo decente, salgo a almorzar. Estos días estoy de vacaciones y a la hora del almuerzo todo se complica. Mis habilidades para cocinar son diametralmente opuestas a la imperiosa necesidad de alimentarme. Los días en la oficina, a la hora del almuerzo es simple. La señora que me alimenta sabe exactamente qué servirme. Las rutinas tienen eso. Tal vez por eso resultan cómodas y uno se olvida de todo, del calor y del hastío. No sé lo que quiero, así que salgo de mi casa y empiezo a caminar. Veo a un chico de piel morena. Lleva una guanteleta y una chumpa de estudiante. Tal vez por el color de su piel y por la guanteleta me recuerda la imagen de dos  atletas negros en el podio con los puños alzados. Seguramente regresa de estudiar y al contrario de los demás que caminan delante y detrás suyo, él va solo. Voy dejando comedores con menús y precios anunciados en rótulos escritos a mano. Veo hacia adentro cuando paso y me topo con rostros de empleados asalariados, corbatas mal anudadas y camisas en teoría, planchadas. Mujeres, jóvenes y grandes. Solteras y madres. Esto lo sé porque unas sonríen y por lo tanto tienen un particular brillo en los ojos. Además, casi siempre van bien maquilladas. También las carretas de las esquinas están llenas. Humo, olor a carne grasosa y a pan tostado. El rostro sudoroso del adolescente apurado por otros asalariados con igual vestimenta. Sigo caminando. Paso frente a un comedor del gobierno. Enfrente hay una venta de jacuzzis,  saunas y no sé que mas cosas fabricadas con fibra de vidrio. Unos mendigos asquerosos pasan frente al local. Vaya imagen. El comedor del gobierno ya está cerrado. Sigo caminando. Dos tipos van en una moto. El que va atrás parece mujer. No lo sé, tal vez tenga la misma duda con respecto a mi apariencia de pelo largo. Me ve fijamente por debajo de la cintura. Quiero creer que era eso. El semáforo da verde. La ciudad sigue moviéndose y tiembla bajo un sol insolente y nada caritativo. Es marzo como debe ser. Por detrás quedan todos estos personajes. El último que adelanté en el camino llevaba un suéter de lana y un pedazo de trapo entre las manos. Se hizo a un lado. Tal vez me tuvo miedo. Afortunadamente al final de esta cuesta está ese restaurante pulcro que vende menús, uno diferente todos los días a veinticinco quetzales. Un empleado sonriente me abre la puerta y me da la bienvenida. Adentro,me olvido del calor. Buen provecho. Ya sé que voy a almorzar.

3 comentarios:

Fabrizio Rivera dijo...

Capo!

vamos por partes: 1) Cuadro a cuadro, o como dirian alguien "frame by frame", una narración que te envuelve y te pinta ese medio día fuera de tu rutina.

2) Sos un capo!

Gracias por el "refresh" que da leerte. un abrazo!

PD. reí con: el que va de tras parece mujer, tal vez ella(el) piensa lo mismo de vos.

Anónimo dijo...

:) en esta área casi siempre la habilidad es inversamente proporcional a la necesidad!! Excelente narración, pude imaginar a cada uno de los personajes, casi como si hubiera estado de espectadora :) (claro no como el (la) de la moto)… reí.

Anónimas y ambiguas expectativas :)
Saludos!

Engler García dijo...

Hey Fabrizzio!!! En dos palabas/partes, muchas gracias!

Querido anónimo, yo también sonrío ambiguamente.

Saludos!

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